19 de marzo de 1976
Tres días después de haber nacido (segunda parte).
Sentí que eran interminables los momentos que seguían, no por el dolor, porque tú sabes Señor que aún no conozco por nuestro hijito ningún sacrificio, fue porque deseaba ya con toda la ansiedad ver a mi hijo y saber que estaba bien. A las 8 de la mañana llegó el doctor Fernando Bravo y fue entonces cuando me aplicaron el suero con una inyección para que hubiera más rapidez en las contracciones, y así transcurrió el tiempo, aumentando poco a poco la intensidad de los dolores hasta que perdí la noción del tiempo y de los acontecimientos, sentí que fue tanto pero tanto tiempo, que cuando desperté todo era para mí desconocido e impregnado de la más inesperada realidad, ya que al despertar escuché que me dijeron, cómo te sientes, ya pasó todo, mira, ya nació tu niño, es muy bonito. Mi reacción fue la de llevarme las manos al vientre y darme cuenta de lo que estaba pasando y darte gracias Padre mío por mostrarme con tan poco sacrificio la gloria misma a través de este maravilloso pequeñito.
Casi enseguida llegó mi esposo y al verlo sentí que todo mi ser era preso de una sensación muy extraña y dolorosa ya que sus ojos estaban nublados por el llanto, y su semblante demasiado triste, por lo que con una ansiedad muy grande le pregunté qué había pasado y contestó que nada y nuevamente su rostro parecía luchar por simular serenidad que estaba muy lejos de sentir, le pregunté que por qué estaba triste, qué había pasado, y me contestó que nada, y parecieron siglos de angustia cuando traté por todos los medios de adivinar una desgracia que no existía a través de sus lindos ojos. Oh Dios, qué prueba más difícil. Que si lo fue.