10 de octubre de 1979
Tres años de edad.
De vez en cuando sigues contestándome mal, fue por ello que no te llevamos a Abasolo, sabiendo cómo te agrada ir, pero me sentí muy triste de no haberlo hecho; al llegar, parecías muy contento.
Estuviste jugando en la arena.
Pensando que hicieras alguna travesura a la niña, fuimos a la recámara y nos dio mucha alegría al ver con qué delicadeza jugabas con ella y cómo ella te observaba con tanto interés que se advertía en sus ojitos.
Me ha pedido tu papá que cuide que no se salgan porque es peligroso que se acerquen a donde están soldando, y una ocasión te vi precisamente donde lo estaban haciendo, y me asusté al verte allí y que en ese momento estaban soldando, por lo que te grité, haciendo que te asustaras, y al llegar me causó ternura y tristeza que me dijeras que tú querías ayudarle a la señorita Alicia a lavar los trastes; perdóname, chiquito lindo, por haberte asustado.
Estaba cosiendo con hilo de color y te empeñabas en que le pusiera hilo blanco, y en forma enérgica te dije que para qué le ponía si no lo iba a ocupar, y muy triste me dijiste —mamá, no que sí me quería? Me desconcertó tu reacción, a la vez que desapareció mi enojo momentáneo para decirte que te quiero demasiado. Viste después que me estaba comiendo un taco y me dijiste que dónde estaba, y al contestarte que me lo había comido dijiste —si ya le iba a traer la sal. Te la había pedido momentos atrás para ponerle.
Vino mi mamá, y como le gusta mucho ir a caminar, para sorpresa de todos dijiste que tú también querías ir y rápidamente te arreglamos y te fuiste corriendo a alcanzarla (fue raro que quisieras ir, porque cuando no te acompaña tu papá o yo, prefieres no hacerlo). De regreso, me dijiste —mamá, no fuimos hasta El Pitayo porque había muchos moscos, mire mi frentecita. Y te alzaste el pelo para que viera dónde te picaron los moscos.
Fuiste conmigo al baño y te lavaste tu boquita.
Me sentí triste porque no rezamos, ya que al entrar a la recámara, ya estabas dormido.