28 de octubre de 1979
Tres años de edad.
Te portaste muy bien en la santa misa de hoy, y de vez en cuando el padre te miraba, tal vez aprobando, como nosotros, tu actitud.
Me sentí un poco preocupada, pero no mucho, al ver que no quisiste jugar a leer. Destendieron las camas y qué mal aspecto dan así todas las cobijas y almohadas en el suelo. Como no hay quien me ayude, sí me preocupa un poco esa travesura. Pero al pensar que, si Dios lo permite, cuando estén grandes, ya no habrá quien realice estas hermosas travesuras.
Fui al jardín a cambiar estambre, y como ya estabas cansado me dijiste que me esperabas, y un señor me dijo que él te cuidaría, pero como está cerca, desde allí te observaba, y de momento te levantaste de donde estabas sentado y mirabas hacia todos lados; entonces, me apresuré a comprar, al comprender que ya no me mirabas, y corriste, por lo que también lo hice, pero no pude darte alcance; les pregunté a unos niños por ti y me dijeron que pasaste corriendo, pero gracias a Dios te encontré, y qué asustado estabas; ten la seguridad que no volveré a dejarte solo.
Me pediste que te comprara plantas y que tú las regarías; me ayudaste a comprar algunas cosas.
Estábamos en la recámara y nos llevaste fruta para que comiéramos.
Les echaste tanto lodo a tu hermano y a la niña del señor Félix que tu nonno te regaño y no querías saludarlo.
Me pides que te dé la niña para cargarla y le haces muchos cariños.