Tres años de edad.
Fuiste a la estufa y al sarten de la comida le amarraste un trapito y comenzaste a jalarlo como si fuera un carrito y te dije que no, porque era la comida de tu papá, que mejor se lo amarraras a uno de tus carritos, y muy obediente tomaste tu triciclo, un carrito, y se los amarraste.
Muy preocupado me dijiste que tu hermano ya había despertado, que no creyera que tú lo habías despertado; esto talvez me lo dijiste porque en ocasiones te regañamos porque lo despiertas.
Trajiste del jardín una florecita blanca, tan pura, tan sencilla como tu corazón, y me dijiste —tenga mamá, se la pongo en agua, y ya cuando la pusiste en un pocillito me dijiste —mire mamá, aquí está una pestañita mía, sáquela, y cuando la iba a sacar dijiste —mmm, ya se deshizo, pero la encontré y te la mostré y la guardé, y me dijiste —¡mire otra!, entonces te dije —no, hijo, es una rayita que tiene el pocillo. Como te das cuenta que guardo tus pestañitas cuando se te caen, estabas buscando en el suelo algo con un papel en la mano, y cuando te preguntamos qué estabas buscando dijiste que tu pestañita, pero que no la encontrabas.