Septiembre de 1979
Tres años de edad.
Juan Jacobo, al entrar por primera vez en la escuela, se cierra para ti la puerta del paraíso infantil, y no hay en el mundo llave alguna que pueda volver a abrirla.
Ha empezado tu peregrinaje por el mundo, y por eso, al entrar a tu casa, te sentirás un tanto extraño en ella, como si fueses un huésped.
El primer contacto con la escuela significa un corte tajante, radical, en tu vida.
No sólo para ti son de gran importancia estos días, también para tus padres lo son, y comprenden con toda claridad el hondo sentido psicológico de la frase de Chesterton "los padres pierden al niño una vez que se ha desarrollado", y que la vida pública acaba de acoger al niño en su seno, y le exige sus derechos. Y esto duele a los padre como si les arrancaran lo más grande de su vida.
La escuela es la segunda cuna de la infancia, es semejante a cada flor que brota en primavera. Una buena escuela es, después de unos buenos padres, una bendición que puede recibir el niño.
En la escritura hay vocales y consonantes. La vocal suena por sí misma, y es, por tanto, símbolo del alma, que se mueve por propio impulso. La consonante, en cambio, se apoya en las vocales y simboliza el cuerpo, que necesita la ayuda del alma. Por lo que aquí te queremos hacer comprender que lo más importante es, pues, la educación del alma y del espíritu.
La escuela toma al niño de manos de Dios para formarle, y al cabo del tiempo lo entrega ya no a sus padres, sino al mundo, convertido (si el niño aprovechó las buenas enseñanzas) en un joven (culto).
En nuestro interior, hijo, surge esta pregunta, ¿habrán sabido formar a estas almas jóvenes con mano inteligente? El mundo se abre ante ellas con su amplio repertorio de posibilidades y quehaceres. En el camino surgen los profesores, unos para dirigir su ruta hacia la cumbre, otros hacia el abismo. Que a ti te encaminen hacia la cumbre de Dios y de la ciencia.
Sí, tu te marchas volando, pequeño pajarito nuestro, y te arrojas en el seno de la vida, en el que bullen tormentas que agitan el aire. Ellas te arrastran hacia sí. Tú nos miras al marchar, estas miradas son tu último saludo. Aunque te alejes de nosotros, nuestra amorosa y angustiada bendición, que antes ya pedimos al Señor por ti, irá pisando tus huellas sin que tú lo notes. ¿No sentirás cansancio y desfallecimiento cuando te encuentres lejos de tus padres? ¡Pero marcha ya, hijo querido! Que la bendición y el beso de tus padres sea para ti viático y alimento cotidiano.