Septiembre de 1979

Tres años de edad.

Juan Jacobo, al entrar por primera vez en la escuela, se cierra para ti la puerta del paraíso infantil, y no hay en el mundo llave alguna que pueda volver a abrirla.

Ha empezado tu peregrinaje por el mundo, y por eso, al entrar a tu casa, te sentirás un tanto extraño en ella, como si fueses un huésped.

El primer contacto con la escuela significa un corte tajante, radical, en tu vida.

No sólo para ti son de gran importancia estos días, también para tus padres lo son, y comprenden con toda claridad el hondo sentido psicológico de la frase de Chesterton "los padres pierden al niño una vez que se ha desarrollado", y que la vida pública acaba de acoger al niño en su seno, y le exige sus derechos. Y esto duele a los padre como si les arrancaran lo más grande de su vida.

La escuela es la segunda cuna de la infancia, es semejante a cada flor que brota en primavera. Una buena escuela es, después de unos buenos padres, una bendición que puede recibir el niño.

En la escritura hay vocales y consonantes. La vocal suena por sí misma, y es, por tanto, símbolo del alma, que se mueve por propio impulso. La consonante, en cambio, se apoya en las vocales y simboliza el cuerpo, que necesita la ayuda del alma. Por lo que aquí te queremos hacer comprender que lo más importante es, pues, la educación del alma y del espíritu.

La escuela toma al niño de manos de Dios para formarle, y al cabo del tiempo lo entrega ya no a sus padres, sino al mundo, convertido (si el niño aprovechó las buenas enseñanzas) en un joven (culto).

En nuestro interior, hijo, surge esta pregunta, ¿habrán sabido formar a estas almas jóvenes con mano inteligente? El mundo se abre ante ellas con su amplio repertorio de posibilidades y quehaceres. En el camino surgen los profesores, unos para dirigir su ruta hacia la cumbre, otros hacia el abismo. Que a ti te encaminen hacia la cumbre de Dios y de la ciencia.

Sí, tu te marchas volando, pequeño pajarito nuestro, y te arrojas en el seno de la vida, en el que bullen tormentas que agitan el aire. Ellas te arrastran hacia sí. Tú nos miras al marchar, estas miradas son tu último saludo. Aunque te alejes de nosotros, nuestra amorosa y angustiada bendición, que antes ya pedimos al Señor por ti, irá pisando tus huellas sin que tú lo notes. ¿No sentirás cansancio y desfallecimiento cuando te encuentres lejos de tus padres? ¡Pero marcha ya, hijo querido! Que la bendición y el beso de tus padres sea para ti viático y alimento cotidiano.

30 de septiembre de 1979

Tres años de edad.

Qué contraste en tu comportamiento al de muchos domingos anteriores; cuánta inquietud demuestras. Estuviste jugando tan ruidosamente en la celebración de la Santa Misa de hoy —hasta llamaste a Linda en voz alta para que jugara contigo. Tu papá tuvo que llevarte afuera para pegarte, porque ya habíamos hablado contigo y no entendiste.

Después estabas muy triste, pero le pediste a tu nonna que te perdonara, al despedirte de ella, y mandaste felicitar a tu nonno por su próximo cumpleaños (día 6—oct.).

Te quedaste a acompañarme mientras tu papá fue a comprar el mandado en Abasolo y me estuviste ayudando al quehacer. Me pediste que te diera a la niña para cargarla, pero te expliqué por qué no debes cargarla solito; le hiciste tantos cariñitos que siento infinita ternura al ver cuánto la quieres.

Qué gusto te dio ver a tu papá cuando llegó de Abasolo; le pediste la caja del mandado de la tienda y lo vaciaste en el piso.

Se veía que estabas muy cansado y te dormiste casi cuatro horas este día.

Septiembre de 1979

Tres años de edad.

Juan Jacobo, al entrar por primera vez en la escuela, se cierra para ti la puerta del paraíso infantil, y no hay en el mundo llave alguna que pueda volver a abrirla.

Ha empezado tu peregrinaje por el mundo, y por eso, al entrar a tu casa, te sentirás un tanto extraño en ella, como si fueses un huésped.

El primer contacto con la escuela significa un corte tajante, radical, en tu vida.

No sólo para ti son de gran importancia estos días, también para tus padres lo son, y comprenden con toda claridad el hondo sentido psicológico de la frase de Chesterton "los padres pierden al niño una vez que se ha desarrollado", y que la vida pública acaba de acoger al niño en su seno, y le exige sus derechos. Y esto duele a los padre como si les arrancaran lo más grande de su vida.

La escuela es la segunda cuna de la infancia, es semejante a cada flor que brota en primavera. Una buena escuela es, después de unos buenos padres, una bendición que puede recibir el niño.

En la escritura hay vocales y consonantes. La vocal suena por sí misma, y es, por tanto, símbolo del alma, que se mueve por propio impulso. La consonante, en cambio, se apoya en las vocales y simboliza el cuerpo, que necesita la ayuda del alma. Por lo que aquí te queremos hacer comprender que lo más importante es, pues, la educación del alma y del espíritu.

La escuela toma al niño de manos de Dios para formarle, y al cabo del tiempo lo entrega ya no a sus padres, sino al mundo, convertido (si el niño aprovechó las buenas enseñanzas) en un joven (culto).

En nuestro interior, hijo, surge esta pregunta, ¿habrán sabido formar a estas almas jóvenes con mano inteligente? El mundo se abre ante ellas con su amplio repertorio de posibilidades y quehaceres. En el camino surgen los profesores, unos para dirigir su ruta hacia la cumbre, otros hacia el abismo. Que a ti te encaminen hacia la cumbre de Dios y de la ciencia.

Sí, tu te marchas volando, pequeño pajarito nuestro, y te arrojas en el seno de la vida, en el que bullen tormentas que agitan el aire. Ellas te arrastran hacia sí. Tú nos miras al marchar, estas miradas son tu último saludo. Aunque te alejes de nosotros, nuestra amorosa y angustiada bendición, que antes ya pedimos al Señor por ti, irá pisando tus huellas sin que tú lo notes. ¿No sentirás cansancio y desfallecimiento cuando te encuentres lejos de tus padres? ¡Pero marcha ya, hijo querido! Que la bendición y el beso de tus padres sea para ti viático y alimento cotidiano.

28 de septiembre de 1979

Tres años de edad.

Con qué inocencia hiciste el comentario de que te compremos focos de colores para cuando vayas a la escuela iluminen todos tus cuadernos, primero Dios, y así no los pierdas nunca.

Llegó la sobrina de la señorita Alicia hasta donde estaba yo con la niña y le dijiste, —vente Josefina, porque vas a despertar a la niñita y después llora. Ya que salió, cerraste la puerta.

Me ayudaste a hacer de comer. Al moler galletas (porque no tengo pan molido) le pusiste agua para que se moliera mejor; después te expliqué por qué no se le pone agua, y al ver como hicimos los bisteces empanizados me dijiste que por qué no hacemos diariamente eso de comer y te dije que no venden muchos, sólo pocos. Al momento de comer me dio mucha alegría ver que pediste de lo que habíamos hecho y comiste muy bien, a pesar de que casi no comes carne.

También aceptaste lo que me ha costado tanto trabajo reanudar —y es que aceptes continuar tu enseñanza a leer— y nos causó grande alegría.

27 de septiembre de 1979

Tres años de edad.

Hoy también, hijito, permite el Señor que tan solo una acción, venida dictada por Él a ti, haga tanto bien a mi alma (que sigue tan abrumada)... Es una flor la que me diste, y también una hermosa sonrisa, que debería ser siempre (si lo permitiera el Señor) el principal alimento del alma.

La acción limpia y santa que, sin ser señalada por nadie, viene de un niño, y mayor aún, si ese inocente es nuestro hijo, es uno de los mensajes más completos de amor que sobre la tierra existen.

¡Oh Dios! !Deja que en esos benditos corazones hayas dejado por llevar a otros infinidad de esos innumerables tesoros de amor!

Que si eres travieso... No lo sé, hijito; en este instante me ha hecho olvidarlo tu bendito acto.

26 de septiembre de 1979

Tres años de edad.

Qué sorpresa nos diste que llegaste a la cocina con tu cuaderno y habías terminado de hacer una plana de la letra a.

Estuviste comiendo pan del que compraron para tu nonna y decías que de ese pan sí te gustaba. Le dijiste a tu nonna que quieres que todos los días se quede contigo.

Me preguntaste que si todavía me sentía mal y te dije que sí y parecías muy triste. Me miraste largo rato y me diste un beso que trajo tanto alivio a esta alma atormentada que siente que le hace falta tanto amor, amor que me demuestra esa inocente y espontánea caricia. Es como si después de un largo rato de descanso, por tanta pesadez en mi mente, por este cansancio que no me deja, dejara, más que en mi rostro, en mi corazón, el bendito regalo que Dios me dejó por medio de ti. Gracias, hijo, gracias por ser tan noble.

25 de septiembre de 1979

Tres años de edad.

Te querías ir con tu papá a León y lloraste porque no te llevó. Pediste chilaquiles cuando ibas a desayunar y no había, pero al ver tu insistencia te hice pocos y casi no comiste porque quedaron picosos.

Estuviste iluminando toda la mañana y aunque te veías muy cansado, seguías haciéndolo con mucho entusiasmo.

Me da mucha alegría ver cómo tratas con tanto cariño a tu hermanita, platicas con ella como si te comprendiera y lo que más gracia me causa es ver cómo ella parece entenderte al verla tan atenta.

Como ya tenías apetito, antes de que te pidiera que te lavaras las manos, ya lo habías hecho, hasta me las acercaste a la cara para que las oliera a jabón de muy bonito aroma.

Parecías querer distraerte por tanto que te cansaste por iluminar y te fuiste a jugar con la niña del Señor Félix. Al regresar, me ayudaste mucho al quehacer porque no vino la señorita Alicia.

Me siento muy triste y desesperada por mi impotencia de ayudarlos a olvidar esa agresividad, inquietud y desaliento que veo en sus caritas, no sé si se deba a que se les reprime toda acción o porque se sientan solos y faltos de cariño, pero le ruego al Señor me ayude a restablecerme pronto para poder, en parte, aliviar esa tensión que nos hace ser injustos al reprenderlos tan severamente y acrecentar más ese estado de ánimo.

24 de septiembre de 1979

Tres años de edad.

Fuimos al Centro de Salud y entramos tu papá y yo y te quedaste cuidando a tu hermanito en la camioneta. Cuando regresamos, dijiste que lo habías cuidado bien y que tú no querías que papá me dejara allí, que ya te ibas a portar bien conmigo.

Como no vino la señorita Alicia a ayudarme, lo hiciste tú, y qué bien lo hiciste.

Estabas tomando licuado y me preguntaste que si le dabas a la niña y te dije que no, y contestaste, —Hasta que esté más grandecita? Y te dije que sí. Después le estuviste cantando y ella estaba muy atenta.

Después de que la bañamos, le cantaste otra vez y fuiste a bañarte según tú en el agua donde habíamos bañado a tu hermanita.

Me ayudaste a lavar su ropita.

23 de septiembre de 1979

Tres años de edad.

Estabas jugando, pero como te hicieron enojar, les echaste tierra a tus primos y los hiciste llorar; también tú lloraste mucho porque te pegué al ver qué cantidad de tierra tenían las caritas y cabecitas de tus primos. Le pediste disculpas a tu tía por lo que les hiciste a los niños.

Qué feliz estabas al ver cuánto movimiento hay en la casa por el bautismo de tu hermanita. En el momento de bautizarla, estabas tan atento a todo lo que decía el padre que no querías ni darles la vela cuando la iban a encender.

Tomaste los dulces que compró tu tía Lucy y ya habías abierto otra bolsa.

14 de septiembre de 1979

Tres años de edad.

Te has descontrolado un poco últimamente. Tu comportamiento me entristece porque le has faltado al respeto a tu tía.

Hablé contigo y parecías comprender, pero seguiste igual de inquieto, es por eso que le ruego al señor que me ayude a recuperarme pronto para poder atenderlos, porque lo que les hace falta es cariño.

Hay otros momentos que deseo brindarles todos los cuidados y aún me siento muy débil y no puedo hacerlo.

Observas que me quejo y vas pronto a traer agua para que me alivie y me dices que me tome la medicina. También me has preguntado, como en días pasados, que cómo sigo, que si ya estoy mejor.

13 de septiembre de 1979

Tres años de edad.

Qué día más maravilloso a pesar de los momentos de prueba que el Señor me ha enviado. Este mediodía que tu papá fue por mí al darme de alta el doctor, también tú lo acompañaste y fuiste con nosotros a la capilla para darle gracias, junto con nosotros, a la Madre de Dios y al Señor por permitir que saliéramos del sanatorio así, con una personita más y por estar bien.

Tu papá me dio un ramo de flores, de las cuales tomé una; te regresaste hasta donde estaban las flores y tomaste otra y me la diste a la vez que dijiste, —tenga, mamá, ésta es para la niña; y ésa, para usted. No te imaginas lo que significan esas hermosas palabras para mí y el infinito mensaje que en mi corazón han dejado.

Lo que pareces haber dictado a mi corazón es que siempre cuidarás de que a esta reina no le ocurra nada malo y que en esta hermosa flor que hoy le das se acompaña con la flor de tu bendita inocencia, para ayudarme a guiarla hacia el Señor siempre.

12 de septiembre de 1979

Tres años de edad.

Hoy también me visitaron [en el hospital], me diste un beso al llegar, y como estábamos comiendo mi mamá y yo, comieron con ella.

Después estuvieron muy inquietos que tuvo tu papá que salirse un momento con ustedes.

11 de septiembre de 1979

Tres años de edad.

Esta tarde me dijeron que no querías desayunar y sólo tomaste leche y estuviste jugando con los niños en la escuelita.

Qué gusto me dio verlos y observar con qué alegría llevaron ropita a la niña* y la ponían en su cunita, y me causó gracia ver que llevaron un baberito que precisamente tú pusiste en la bolsa que trajo tu papá.

Me dijeron que no te gustó lo que hicieron de comer (como casi siempre sucede) y pediste frijoles, y ti tía Martha le preguntó a Alejandrito que si quería más, y le decías: —Qué no oyes? No puedes contestar?

Me hiciste sentir muy triste cuando ya se iban, al ver que te querías quedar conmigo. Al despedirte me dijiste que me aliviara, y que el nombre que tienes para la niña es Elena Margarita.

* El día anterior había nacido mi hermana, tercer y último hijo de mis papás.

[Ahora, de grande, recuerdo muy bien, con mucha claridad, detalles de este día; el viaje en carretera para ir a ver a mamá y a la niña, el lugar en donde paramos a que papá comiera (un lugar que ya no existe ahora, tenía paredes blancas) y los juguetes y los dulces que nos compró. Es, tal vez, mi primer recuerdo de niño; mi primer recuerdo tangible, con colores, sabores, sensaciones e imágenes.]

10 de septiembre de 1979

Tres años de edad.

Con qué angustia observé su inocencia casi todo el día, presintiendo que no los volvería a ver y rogándole al Señor me dé el valor que necesito. Estuve lavando la casa y con qué docilidad me ayudaron.

En la Santa Misa de esta mañana qué bien te portaste; después que fuimos a Abasolo querías que te compráramos cuadernos de iluminar.

Comiste pollo del que compramos de Abasolo y me preguntabas cada momento que si íbamos a ir a la casa de la señorita Alicia. Al terminar, tu papá nos llevó y estuviste muy contento, pedías que te regalaran a su hermanita y que Diosito te mandara otra niña y un niño.

Estuviste mucho rato observando a la niña y después te dormiste, pero despertaste cuando esta noche te llevamos con tu tía Martha para que te cuidara, y también a tu hermano, y después nos dijeron que te quedaste muy quietecito, pero al oír el ruido de la camioneta cuando nos íbamos, comenzaste a llorar, y te dijo tu tía que te durmieras, que íbamos a que nos dieran una hermanita*, y te quedaste otra vez sin llorar, como presintiendo un feliz acontecimiento, y te quedaste otra vez dormido.

*Esa noche nació mi hermana.

7 de septiembre de 1979

Tres años de edad.

Qué temprano comenzaste a iluminar, como ocurre cuando tienes libros nuevos de iluminar; pero al llamarte a que rezáramos, lo hiciste inmediatamente.

Seguiste tratando de dibujar unas flores que tiene un almohadón y tan entusiasmado estás en que te queden igual que al llegar tu papá le comentaste que te había quedado muy bonito.

Estuviste buscando tus libros y no los encontrabas, por lo que te veías muy preocupado.

Con la idea del cuento de Pepito y Anita, has tratado de contarlo también pero con unas modificaciones.

Al ver que te trajeron tu mesita con una sillita para cuando entres a la escuela, primero Dios, llamaste muy contento a Luz y le dijiste, —Mira, Lucy, lo que me trajeron.

6 de septiembre de 1979

Tres años de edad.

Chiquillo adorado, cuánto me has ayudado esta mañana; recogiste muchas cosas, limpiaste el refrigerador y la estufa, y aunque no tenías mucho apetito, desayunaste.

Vas tan contento a Irapuato que no pierdes un solo detalle de lo que ves, a lo lejos se distingue un silo y crees que es un castillo, se lo muestras a tu papá con mucho entusiasmo, después te ves triste porque ya no se ve.

También quieres que lleguemos pronto para comprarle a tu hermano colores y libros.

Qué sorpresa tan grande nos diste, porque al rezar la oración de la mañana, con alegría vimos que contestas casi todo lo que decimos.

Al llegar con el doctor, qué ejemplar comportamiento, te felicitamos de verdad, muy dentro de nuestro corazón, aunque debemos decírtelo. Estuviste escribiendo números y la a y la i.

Al salir del consultorio cómo insististe que fuéramos a Comercial Mexicana a comprar cosas para tu hermanita, tu papá te dijo que no traía dinero, pero parecía que no comprendías y te pusiste a llorar, por lo que para conformarte te dijimos que sólo compraríamos una vendita para su estomaguito y después de un rato te conformaste y decías, al ver que no la comprábamos, que a qué hora lo haríamos, hasta que al fin te cumplimos tu deseo.

Pediste un helado de vainilla y te escurría por tus bracitos, por lo que pedías un trapito y trataste de comértelo rápido.

Estabas sudando tanto que dijiste que no vuelves a ir a Irapuato porque tienes muy caliente tu carita y me pides que la sienta cómo está y me da mucha tristeza de verte así; después te comiste la mitad de una torta y te dormiste. Ya en la casa pediste de comer porque tenías hambre.

Por haber dormido en el día, no te podías dormir esta noche y me pedías que te cantara y así lo hice mucho tiempo, hasta que por fin te quedaste dormido. Cuánta ternura y amor inspiras, pequeñito de nuestro amor.

5 de septiembre de 1979

Tres años de edad.

Te levantaste muy temprano; al despertarme fue para decirme que habías ido al baño y te lavaste las manos. Después supe que ya habías ido a buscar a tu papá y al no encontrarlo te regresaste.

Estuve lavando el piso y te pedí que te quedaras en tu recámara, y con cuánta paciencia lo hiciste. También estuviste recogiendo mientras yo terminaba. Al despertar tu hermano le dijiste que no se fuera a salir y me hablaste para decirme que ya se había despertado.

Cuando llegó tu papá, terminó de vestirte, y te pedí que sacaras del refrigerador la comida para almorzar, pero cuando fui habías sacado hasta verdura, y dijiste que tú no sabías qué ibas a sacar.

Cuando te llamé a desayunar y te pedí que te lavaras las manos, me enseñaste que ya lo habías hecho, y fue muy poco lo que desayunaste por salirte a jugar.

Te estuve hablando varias veces para que vinieras a hacer algo importante (leer) pero no quisiste por seguir jugando e injustamente te pegué; digo injustamente porque tu disposición para jugar a leer debe ser íntegra, y no impuesta, como pretendí, fue por eso que esperé otro momento más oportuno. Me dijiste que por qué te había pegado si ya ibas a venir, te contesté que aunque no hubieras venido no te hubiera pegado, pero que soy muy mala y dijiste que no, imagínate niño mío, ¿puede haber mayor martirio a mi corazón que esas palabras?

Cuando jugamos a leer te conté el cuento de Pepito y Anita y tanto te gustó que en sólo 15 minutos hiciste que te lo contara como seis veces; seguiste insistiendo a que te lo contara, pero te dije que la siguiente vez que leyéramos lo haría y no lo olvidaste, porque me recordaste que lo hiciera y así lo hice.

Tanto espacio que hay en la casa y preferiste iluminar en el baño durante dos horas aproximadamente.

Alejandrito tenía sueño y para que se durmiera pronto me acosté con él y al despertar estabas dormido también y despertaste muy tarde y fuiste directamente a comer porque tenías hambre. Seguiste iluminando con verdadero interés y después me llamaste para que viera que estaba tirado en la lama un libro de Luz y querías ir por él, pero estaba cerrada la puerta.

Tal vez tenías mucha sed, porque varias veces pediste agua limpia.

Preparaste Choco Milk y no te lo querías tomar porque tenía nata.

Tan tarde te dormiste que ya me estaba desesperando porque me sentía muy cansada.

4 de septiembre de 1979

Tres años de edad.

Siento tristeza que no hayas desayunado (fue tan poco lo que comiste que tal vez pronto me pidas de comer).

Estuviste ayudándome a hacer el quehacer, después te saliste a jugar y te estuve hablando, aunque de momento no viniste; me dio gusto que llegaste preguntándome para qué te quería, y al decirte que para leer, me dijiste que si después te dejaba ir a jugar.

Me preguntaste que por qué tu abuelita sólo se estaba un ratito con nosotros y después se iba, te dije que porque tenía mucho quehacer en Michoacán y contestaste que tú querías que mejor se quedara siempre con nosotros.

Te asomaste tantas veces a la cocina y me decías que si podías entrar, te expliqué que había basura y que aún iba a barrer, pero cuando viste que me tardaba me dijiste que querías estar conmigo ayudándome, pero accediste a seguir en el comedor, jugando con tu hermano; después me llamaron para que viera que el vidrio de la mesa de centro estaba sucio y te dije que tenía que quitarlo y sólo tu papá podía ayudarme a quitarlo, por eso, al llegar él, le dijiste que lo quitara porque estaba sucio.

Estoy muy contenta contigo porque las oraciones que te hago con tus palabras las leíste perfectamente.

Has insistido tanto que busque tus colores, que te los di sabiendo que en un momento pueden estar tirados o sin punta.

Te pedí que fueras por favor a buscar a Luz y sí lo hiciste, pero la primera vez te regresaste enseguida porque le preguntaste a mi compadre Juan por ella; la segunda vez hiciste lo mismo, le preguntaste a un niño; y la última vez me dijiste que te acompañara, pero te fuiste solo, y al regresar me dijiste que venías cansado y que te habían dicho que Luz no quería venir.

Muy temprano querías cenar; al contestarte que ahorita, decías que sólo así te decía y no íbamos. Llegando a la cocina pediste una tortilla de harina [de trigo], sí te la hice, pero sólo la probaste y pediste de las otras [de maíz].

Llegó el señor que vende pan y fuiste a comprar. Muy contento, y con la ilusión de tener el pan, casi no cenaste.

Me dijiste que —Cuando nos durmamos voy a buscar todos mis colores. Por decir que antes de dormirnos (lo que me sorprendió fue que usaste muy bien la palabra durmamos).

A la hora de comer me viste tal vez muy preocupada porque no querías lo que había de comer que con gusto, y mirándome significativamente, dijiste —Sí quiero lo que hay. Gracias, hijito, por saber comprenderme, por ser tan bueno.

Cuando fuimos a Abasolo te dormiste llegando y tu papá tuvo que quedarse con ustedes, y sólo yo fui un momento a la iglesia.

3 de septiembre de 1979

Tres años de edad.

No desayunaste porque viste el pan y sólo eso comiste; te ofrecí otras cosas pero no las aceptaste.

Escuché que con mucho cariño le hablaste a tu hermano, le estabas contando un cuento y él te ponía mucha atención.

Terminábamos ya casi de rezar esta mañana y me pediste que rezáramos también por tu hermanita para que Diosito la mandara con bien.

He descuidado mucho de enseñarte a leer y tú mismo llevaste varias cartulinas al comedor y me pediste que fuéramos a leer, que ya las habías acomodado.

De tanto que comiste aguacate, tuvimos que esconderlo para que no te hiciera daño pero lo encontraste y seguiste comiendo.

Le dijiste a mi mamá que por qué no traía a tía Vicky, que quieres jugar con ella.

Traías un cuaderno con dibujos que hizo tu tía Rosita y me dijiste que te los hiciera otra vez para iluminarlos y después que los terminé me llevaste otro cuaderno para que te los hiciera nuevamente para que tu hermano también iluminara.

Cuánto insististe por la mañana que me pintara las uñas, y al ver que no podía en ese momento, me dijiste que por la tarde, y no lo olvidaste, porque fuiste a llevármelo, y no conforme al ver que había terminado, me dabas otro para que se vieran más bonitas las uñas.

Me viste escribiendo y me pediste que mejor fuera a bordar, y al ver que no iba, fuiste a la máquina (a preparar todo) y decías, —ándale, que ya está todo preparado. Te dije que me esperaras a terminar de escribir la página que estaba escribiendo; al dar vuelta a la hoja me recordaste lo que te dije, y que por qué iba a comenzar otra, y lo que hice fue ir a coser, a una camisetita que tenemos para tu hermanito le hice un dibujo amarillo, y cuando viste que se enhebró, quisiste quitarle los hilos con las tijeras y la rompiste. Te pusiste muy triste porque tal vez consideraste injusto el regaño (efectivamente, no sabías que se iba a romper, ¿verdad?).

Cenaste muy bien, y cuando nos fuimos a Abasolo, te pedí que no te durmieras, pero lo hiciste, y ya que tu papá iba a ir a cenar, lloraste en una forma tan desesperante que ya no quiso ir por quedarse con ustedes (pues los dos lloraban).

El fin que perseguía (claro que no lo esperaba) era que al llegar a la casa, enseñarte otra vez tu palabra porque aún no te la sabes, y me concediste ese favor, porque te dormiste ya tarde.

Es satisfactorio ver que actuaste al final de este gran día con una inteligencia sorprendente; nunca, o casi nunca, te vas a dormir por voluntad tuya a tu recámara, y hoy que te lo pedí en una forma casi de súplica, lo hiciste. Muchas gracias, pequeñito nuestro.

2 de septiembre de 1979

Tres años de edad.

Me diste una grata sorpresa porque llegaste hasta la cocina y ya te habías lavado tus manitas.

Te di el cepillo para que te peinaras y no quisiste, por lo que te llamé la atención y lloraste con mucho sentimiento; después, cuando íbamos a la Santa Misa, te enojaste con tu hermano y te pegué en la mano, como ya estabas molesto y sentimental, volviste a llorar mucho y al quedarme a consolarte sí lo logré, sólo que ya había comenzado la Santa Misa. Al llegar a la bodega*, estuviste tan triste que tú papá y yo, de vez en cuando, volteábamos a verte, y tratamos de que sonrieras al menos; ya al final de la consagración te acercaste y estuviste rezando; gracias a Dios había desaparecido tu tristeza.

Te había dicho que te compraría colores y ya lo esperaba: que llegando a Abasolo, en tu mente sólo esa idea te acompañaría. Me viste haciendo la lista** para la carne y me preguntaste varias veces si había anotado tu caja de colores y te contesté que ésa se pedía en una sola tienda.

Para mayor inquietud en ti, fue lo último que compramos, y tú mismo lo hiciste. Cuando viste que estaba en el teléfono me dijiste que tú los comprabas; cuando llegaste con ellos estabas un poco desconsolado porque no había colores grandes y los trajiste chiquitos.

Por la tarde sí me ayudaste al quehacer y una señora que vino a visitarnos se admiró de ver qué obediente haces todo lo que te pido.

Mi niño adorado, tanto cuidar que no ensuciaras tu ropa y cómo quedaste con tanta tierra, te subiste innumerables veces a la lama [?] y desde lo alto te venías rodando, pero al oír a un niño que nos dijo que vino mi mamá, te olvidaste de subirte y fuiste a encontrarla y a ayudarle; llegando te dio un pan que con mucho apetito te comiste, porque a la hora que comimos te dio pena hacerlo frente a ellos. Después me dijiste que de tanto pan que comiste te estaba dando asco y por eso no te lo terminaste.

Estuviste iluminando y sentí tristeza porque una niña que vino con la visita de hoy te lo rompió el varios pedazos y sólo te concretabas a mirarla, reprobando su acto.

Recordaste que compré ropita para el niñito que, si Dios lo permite, pronto vendrá, y la buscaste, y al encontrarla, qué feliz estabas observándola y diciéndonos para quien es.

Ya era muy tarde cuando te comiste dos mangos y tuvimos que esconderlos porque ya habías comido mucho.

Te fuiste con tu papá a la recámara, y al reunirme con ustedes, llevaba la palabra de hoy, y me sentí triste porque ya estabas dormido, pero me conformé cuando tu papá me dijo que ya habías rezado.

*Durante algunos años, a falta de capilla en el rancho, las misas se realizaban en una bodega donde se almacenaban granos. Los domingos por la mañana se acondicionaba con un modesto altar, sillas y tablas, que se usaban como bancas.

**Se hacía una lista, se llevaba a la carnicería, y se pasaba tiempo después a recoger el pedido.

1 de septiembre de 1979

Tres años de edad

Enseguida que te levantaste me dijiste que te hiciera una casita, pero no pude hacértela porque tenía mucho quehacer; ahora pienso que debí de habértela dibujado.

Perdóname por haberte reprimido tan severamente si no estabas dispuesto a ayudarme como otros días; debí de haber comprendido que en ocasiones nuestro estado de ánimo así es.

Fuiste con tu papá a caminar y de regreso te caíste, sonó tan fuerte tu cabecita que me asusté; cuando te fui a ver te quejabas porque te dolía mucho, traías unos calcetines que te dio tu papá, de él, y al entrar te consoló mucho ver que íbamos a hacer pan en el horno y ya nos ayudaste, y sin haberse cocido estuviste comiendo.

Nos recordaste que le faltaba ponerle pasas, te enseñé qué pocas eran porque comías muchas.

Escuchaste el comentario que yo no tenía deseos de ir a Abasolo y dijiste que tú sí y que querías que pronto Diosito te mandara a tu hermanita para que nos acompañara a Abasolo y viera la carretera.

Pediste de cenar en la cama y lo hiciste muy bien, después rezaste y te dormiste muy temprano.