4 de agosto de 1979

Tres años de edad.

¿Por qué nos preocupas así? Con esa negativa para comer, y te ves tan triste que ya no sabemos qué hacer.

Con qué angustia reprimida se observa esa carita pálida y triste. De vez en cuando te enojas con tu hermano.

Te sentaste tan rápido que te lastimaste donde tienes una bolita de una inyección y por eso lloras.

Compramos unos duraznos porque sabemos que te gustan y porque no has comido nada, pero al ofrecerte no quisiste.

Te complace mucho un camión largo que lleva varios coches, también un avión fumigador que va a muy baja altura. Llegando a Irapuato dijiste ¿verdad que ya llegamos a Irapuato? Y como tu hermano dice que no, le dices a tu papá —Oye a Alejandrito, dice que no llegamos a Irapuato. Cuando fueron por mí a Singer me enseñaste una pomada para los labios que te compró tu papá, y fue entonces que vi que todavía traías el durazno que te habíamos dado. Todo lo que te ofrezco para comer sigues rechazándolo.

Por fin pediste un sidral y te insistí que tomaras un poco más y dijiste que te dolía la boquita y después volviste mucho el estomaguito. No sabrás jamás cuánta tristeza siento al verte así, caminando con esa inseguridad y fragilidad en tus piernitas; pero le ruego al Señor, hijito mío, que yo sufra todo lo que sea necesario, pero tú no, chiquito, tú no.

Veo esas manecitas santas y no sé qué hacer al recordar cómo constantemente te las llevas a la boquita cuando te ofrecemos algo de comer, tratando de evitar que pudiéramos darte a fuerza.

Sigues enfermito del estomaguito porque gritas cuando te duele, pero con el fin de que te enseñe lo que compramos para el cumpleaños de Alejandrito, me dices que sí vas a comer.

Encontraste el libro donde rezamos y me preguntas que si ya vamos a rezar y te contesté que cuando llegara papá y contestaste que aunque sea el Padre Nuestro y el Ave María para que venga pronto tu papá.

Creí que se estaban enojando tú y tu hermano, y al preguntarte qué estaban haciendo, contestaste que te había dado muchos besitos.

Tomaste suero y pediste té de manzanilla que tú mismo preparaste.

Oyeron ruido y, pensando que era papá, se asomaron, pero le dijiste a tu hermano que él no saliera porque ya estaba arregladito y después se podía ir a las piedras y ensuciarse su ropita.